Hubo un tiempo en que Arambol no estaba en los mapas, sino en los sueños de quienes llegaban con las mochilas rotas y los pies descalzos, buscando una orilla donde el mundo no gritara tanto.
Se abrieron las primeras salas bajo el cielo abierto y se bailaba trance descalzo bajo las palmeras. Hoy, en el idioma de los carteles, el cirílico se mezcla con el sánscrito. Quizás el verdadero Arambol no pertenece ni a los rusos ni a los hippies, sino a quien llega sin querer poseerlo.
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Hace muchos años, en Anjuna, la arena era una alfombra de cuerpos dorados y las guitarras se mezclaban con el humo dulce de los cigarros. En su mercadillo se cambiaban collares por historias y pantalones por billetes de vuelta. Luego la noche comenzó a hablar en baja frecuencia y los amaneceres se volvieron eléctricos. Anjuna guarda en sus grietas las memorias de los que bailaron sin saber que estaban fundando una leyenda.
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Al sur se encuentra una playa que nunca quiso ser tendencia, ni leyenda, ni postal. Mientras el norte ardía en neones y ritmos eléctricos, Patnem eligió quedarse quieta. Cuando llegaron los buscadores de la pausa, les ofreció su espacio para que el cuerpo recordara cómo se respira sin prisa. Aquí los perros forman parte del paisaje, como las barcas, las palmeras, como el silencio que se expande al caer la tarde. Ellos caminan como los antiguos hippies, sin dueño, sin reloj, sin certeza.
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Siete años después regresé al mismo lugar. El mismo sol hundiéndose en un naranja profundo. Sin saber, llegué aquí para abrir una etapa y ahora regreso para cerrarla. No es tristeza lo que siento. Es intuición. Como cuando sabes que una estación ha terminado aunque el paisaje siga siendo hermoso. Goa fue una big door. Siempre podré volver, como se vuelve a una canción que marcó una época. Porque amar un lugar no es quedarse para siempre, es saber marcharse cuando ya te ha dado todo.
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Hace muchos años, en Anjuna, la arena era una alfombra de cuerpos dorados y las guitarras se mezclaban con el humo dulce de los cigarros. En su mercadillo se cambiaban collares por historias y pantalones por billetes de vuelta. Luego la noche comenzó a hablar en baja frecuencia y los amaneceres se volvieron eléctricos. Anjuna guarda en sus grietas las memorias de los que bailaron sin saber que estaban fundando una leyenda.
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Al sur se encuentra una playa que nunca quiso ser tendencia, ni leyenda, ni postal. Mientras el norte ardía en neones y ritmos eléctricos, Patnem eligió quedarse quieta. Cuando llegaron los buscadores de la pausa, les ofreció su espacio para que el cuerpo recordara cómo se respira sin prisa. Aquí los perros forman parte del paisaje, como las barcas, las palmeras, como el silencio que se expande al caer la tarde. Ellos caminan como los antiguos hippies, sin dueño, sin reloj, sin certeza.
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Siete años después regresé al mismo lugar. El mismo sol hundiéndose en un naranja profundo. Sin saber, llegué aquí para abrir una etapa y ahora regreso para cerrarla. No es tristeza lo que siento. Es intuición. Como cuando sabes que una estación ha terminado aunque el paisaje siga siendo hermoso. Goa fue una big door. Siempre podré volver, como se vuelve a una canción que marcó una época. Porque amar un lugar no es quedarse para siempre, es saber marcharse cuando ya te ha dado todo.