Al atardecer, cuando los peregrinos descansan abrazados a su almohada, salto de la piedra y camino por el pueblo.
Ahora que tengo un hermano en Japón, el hospitalero apareció una mañana cavando bajo mi estela para plantar un arce japonés. Un árbol que no se resiste al tiempo, sino que lo acompaña.
En Abril los hospitaleros inspiraban ternura con la dedicación casi monástica que volcaban en cada rincón de la casa.
Una visión me asaltó sin avisar en uno de los savasanas matutinos,, como cuando se abre una grieta suave en la realidad: yo era un río.
El cielo va acelerado: varios planetas han decidido celebrar una rave en Aries. Como ambos somos fuego, nos entendemos sin instrucciones.
Durante más de cinco días los hospitaleros se atrincheraron en el interior, intentando pactar con la legión de okupas que habían tomado la cocina y el salón.
Un Instante antes de que el sol se rindiera al horizonte, alcancé a ver cómo el coche aminoraba el paso a la entrada del pueblo.
En el Cabo de Agujas, el lugar más al sur de África, el mundo regala una lección de humildad escrita en azul.
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