Bajé de la moto sin saber muy bien dónde colocar el cuerpo. El valle estaba repleto de personas reunidas para celebrar el funeral de un padre y su hija, muertos tres años atrás.
Fue el primero en venir a saludar y nos escoltó hacia el bungalow. Se regaló una siesta estratégica sobre las baldosas y nos despertó con puntualidad canina para disfrutar el sunset.
Después de la barquita surcando un mar entre manglares, un trayecto de trece horas en coche sin aire acondicionado, un breve descanso en una habitación de hotel, una travesía de doce horas en la cabina del capitán del ferry y un último barco de hora y media al amanecer, alcanzamos nuestro destino a tiempo para desayunar.
Se volvió a colar en el listado de alojamientos de amarga memoria una habitación sin ventanas; aunque, en esta ocasión, la cama king size con almohadas dobles suavizó el sofoco.
A la tercera vez de solicitar mi mochila la solté a regañadientes. Colocaron una pegatina azul cuadrada en la camiseta y, con ese gesto, dejé de ser persona para convertirme en un bulto, viajando por el mar de Andaman.
Aunque el avión aterrizó un martes rozando la medianoche, no me sentí en Tailandia hasta el domingo a mediodía.
No recuerdo cuándo ni de quién, escuché por primera vez hablar de él; aunque sí recuerdo cómo esa idea se quedó grabada como una semilla esperando a brotar.
El tren bala nos colocó en la Kyoto Station y el bus en un barrio tranquilo de casas tradicionales.
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