Fueron de los primeros en apuntarse al viaje y celebramos aquella intuición como si fuera un presagio.
Una semana antes de volar para el reencuentro, la lluvia cayó durante tres días sin descanso en su hogar; el río creció como nunca, arrancó trozos de la jungla, se llevó carreteras por delante y desclavó casas y guesthouses de sus pilares. Ellos se refugiaron selva adentro. Solo hubo pérdidas materiales. Solo, como si fuera poco.
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A punto de comprar un billete a Maldivas, algo -la intuición o la simple terquedad- me detuvo. Escribí para saber de ellos. “Estamos contentos, han vuelto a visitarnos”, respondieron. Y por tercera vez, Maldivas volvió al cajón. Tras una hora de avión y doce de coche al día siguiente vaciamos una mochila para llenarla de sacos de dormir, colchones y tres litros de agua. Hasby nos prestó unas polainas para protegernos de las sanguijuelas y nos presentó a Hasan, el guia que nos conduciría hacia ellos.
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Entramos en la jungla por un atajo y en minutos nuestro cuerpo se convirtió en un río sudoroso. Subimos sin tregua con el corazón acelerado por senderos cubiertos de raíces y lianas. Hasan se detenía, observaba las copas de los arboles, escuchaba lo que nosotros no oíamos y seguía. Hasta que dijo, “Allí”. Un destello naranja flotando entre el verde de las hojas. Una mamá orangután y su bebé avanzaban por las ramas como si caminaran en el aire. “Le está enseñando”, dijo Hasan orgulloso, como si hablara de una sobrina.
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Tras la siesta en el campo base cerca del rio volvimos a la jungla. Un joven orangután, despechado porque una hembra no le hizo ni caso, nos dedicó una sinfonía de chirridos de besos durante más de un minuto. Al atardecer apareció una orangutana que se movía entre las ramas con la fuerza de una gimnasta y la cadencia de una yoguini. Esa noche dormimos bajo su protección. En el paseo matutino uno de los más grandes nos habló sin palabras, “gracias por venir, no nos olvidéis, contad que seguimos aquí, que Ketambe importa”. Lo entendimos todo.
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A punto de comprar un billete a Maldivas, algo -la intuición o la simple terquedad- me detuvo. Escribí para saber de ellos. “Estamos contentos, han vuelto a visitarnos”, respondieron. Y por tercera vez, Maldivas volvió al cajón. Tras una hora de avión y doce de coche al día siguiente vaciamos una mochila para llenarla de sacos de dormir, colchones y tres litros de agua. Hasby nos prestó unas polainas para protegernos de las sanguijuelas y nos presentó a Hasan, el guia que nos conduciría hacia ellos.
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Entramos en la jungla por un atajo y en minutos nuestro cuerpo se convirtió en un río sudoroso. Subimos sin tregua con el corazón acelerado por senderos cubiertos de raíces y lianas. Hasan se detenía, observaba las copas de los arboles, escuchaba lo que nosotros no oíamos y seguía. Hasta que dijo, “Allí”. Un destello naranja flotando entre el verde de las hojas. Una mamá orangután y su bebé avanzaban por las ramas como si caminaran en el aire. “Le está enseñando”, dijo Hasan orgulloso, como si hablara de una sobrina.
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Tras la siesta en el campo base cerca del rio volvimos a la jungla. Un joven orangután, despechado porque una hembra no le hizo ni caso, nos dedicó una sinfonía de chirridos de besos durante más de un minuto. Al atardecer apareció una orangutana que se movía entre las ramas con la fuerza de una gimnasta y la cadencia de una yoguini. Esa noche dormimos bajo su protección. En el paseo matutino uno de los más grandes nos habló sin palabras, “gracias por venir, no nos olvidéis, contad que seguimos aquí, que Ketambe importa”. Lo entendimos todo.