274180862 10160518798596318 3554556718334393128 nEl coche nos dejó en el embarcadero fantasma sin instrucciones y con sueño acumulado, tres horas antes de la hora de salida.

Nos acurrucamos entre una mesa y sus sillas y cerramos los ojos hasta que el sol nos despertó con su majestuosa salida. Acto seguido apareció un señor que recogió los toldos que cubrían lo que resultó ser un bar, mientras una señora encendía las brasas para calentar agua. El joven con cara de sueño, acarició las cuerdas de una guitarra vieja y volvimos a cerrar los ojos, agradecidos por esta improvisada banda sonora.
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El barco de madera, con un alarmante sobrepeso de enseres, arrancó motores con un par de horas de retraso, fiel a la tradición. Navegamos a velocidad de la tortuga y ya en el puerto nos recogió un joven empapado con un móvil chorreando agua. La barquita cruzó estrechos canales y decenas de islotes dispersos como migas de pan hasta llegar a destino. Seis bungalows, una sala común, un gimnasio improbable, una sala de yoga soñada, un centro de buceo en construcción eterna, un arrecife vibrante y una tripulación con una trepidante mala onda.
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A los pocos días cambiamos de isla y Elvis nos abrió las puertas del resort que tanto sudor, fe y esfuerzo le había costado levantar y que casi perdió tras la pandemia. Dejó a su familia en la isla grande, trajo consigo vegetales, tofu, tempe, el generador de luz, una docena de huevos y una tonelada de arroz. Olvidó las toallas y el papel higiénico. Cortó varios árboles, antiguos hogares de hormigas ocupas. Mientras cenábamos sus manjares, exhalaba el humo del cigarrillo con calma filosófica al ver a su hijo de tres años sonreír desde la videollamada.
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El arrecife de su isla nos reveló su secreto el primer día gracias a las antenas tímidas que sobresalían de una roca pulida por las mareas. Un destello rojo y cobre apareció entre la penumbra azul durante un segundo, para luego encogerse en un gesto diminuto. Días después, en un paseo al atardecer, vino a presentarse ya que intuyó que no sería presa sino otro corazón más latiendo al ritmo del océano. Estáis aquí para cuidar, y eso se agradece eternamente, dijo la langosta antes de perderse en las profundidades.