En el Cabo de Agujas, el lugar más al sur de África, el mundo regala una lección de humildad escrita en azul.
Cruzamos la frontera sin más trámite que pagar la tasa del coche.
Su vuelo es dentro de un mes, dijo la azafata. Descubrí entonces, que existen dos lunes dieciséis, uno en febrero y otro en marzo.
Hubo un tiempo en que Arambol no estaba en los mapas, sino en los sueños de quienes llegaban con las mochilas rotas y los pies descalzos, buscando una orilla donde el mundo no gritara tanto.
Llegué al amanecer a la sala rodeada de palmeras y extendí mi esterilla como quien despliega una antigua historia sobre el suelo.
El coche nos dejó en el embarcadero fantasma sin instrucciones y con sueño acumulado, tres horas antes de la hora de salida.
Fueron de los primeros en apuntarse al viaje y celebramos aquella intuición como si fuera un presagio.
Bajé de la moto sin saber muy bien dónde colocar el cuerpo. El valle estaba repleto de personas reunidas para celebrar el funeral de un padre y su hija, muertos tres años atrás.
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