Bajé de la moto sin saber muy bien dónde colocar el cuerpo. El valle estaba repleto de personas reunidas para celebrar el funeral de un padre y su hija, muertos tres años atrás.
Durante ese tiempo —nos explicaron— los difuntos habían convivido en la casa como quienes duermen una larga enfermedad, y la familia reunió el dinero necesario para despedirlos con una gran ceremonia. Los ataúdes colocados en el centro, miraban a la comunidad que los cuida. Nadie lloraba fuerte, ni lo susurraba. No había tristeza.
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Nos invitaron a sentarnos y trajeron café, té y dulces. Nos hablaron de ellos en presente, como si escucharan. Ofrecimos, según la tradición, varias bolsas de caramelos. Un grupo de hombres se reunieron en círculo para acompañar con su canto a las almas en su camino invisible. Mientras, los búfalos y cerdos, junto a un caballo, una cabra y un ciervo, esperaban, como si supieran que su destino no era morir, sino convertirse en el vehículo que empuja al espíritu cuesta arriba, hacia la tierra de los ancestros. El shock me trajo silencio y quedé suspendida entre el juicio y la compasión incapaz de masticar palabra alguna.
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Mientras yo percibía el sacrificio animal como un acto de violencia, ellos lo vivían como un acto de amor y cuidado extremo. Me contaron que el gesto fue breve, concentrado, sin ningún espectáculo añadido. Abrí los ojos al sentir como el valle exhalaba lento y profundo y se encendieron los fuegos. Durante la tarde cortaron, cocinaron y repartieron la carne entre la comunidad. —Los cuernos los ponemos en la entrada de la casa —dijo uno de los hijos—, para recordar que la comunidad sostuvo el viaje.
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Al día siguiente, decenas de manos llevaron los ataúdes entre risas hacia la roca más alta. Allí quedó incrustado en un costado de la montaña para contemplar el valle donde vivió y convertirse en paisaje sin caer en el olvido. No hubo despedidas. La vida volvió a girar entre los arrozales y las nubes de las altas montañas. Aún camino con el amargo poso del shock sin resolver, de ahí que haya escrito de puntillas sobre ello. Aunque si que entendí que hay lugares donde la muerte no es ruptura, sino una manera más honda de quedarse.
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Nos invitaron a sentarnos y trajeron café, té y dulces. Nos hablaron de ellos en presente, como si escucharan. Ofrecimos, según la tradición, varias bolsas de caramelos. Un grupo de hombres se reunieron en círculo para acompañar con su canto a las almas en su camino invisible. Mientras, los búfalos y cerdos, junto a un caballo, una cabra y un ciervo, esperaban, como si supieran que su destino no era morir, sino convertirse en el vehículo que empuja al espíritu cuesta arriba, hacia la tierra de los ancestros. El shock me trajo silencio y quedé suspendida entre el juicio y la compasión incapaz de masticar palabra alguna.
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Mientras yo percibía el sacrificio animal como un acto de violencia, ellos lo vivían como un acto de amor y cuidado extremo. Me contaron que el gesto fue breve, concentrado, sin ningún espectáculo añadido. Abrí los ojos al sentir como el valle exhalaba lento y profundo y se encendieron los fuegos. Durante la tarde cortaron, cocinaron y repartieron la carne entre la comunidad. —Los cuernos los ponemos en la entrada de la casa —dijo uno de los hijos—, para recordar que la comunidad sostuvo el viaje.
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Al día siguiente, decenas de manos llevaron los ataúdes entre risas hacia la roca más alta. Allí quedó incrustado en un costado de la montaña para contemplar el valle donde vivió y convertirse en paisaje sin caer en el olvido. No hubo despedidas. La vida volvió a girar entre los arrozales y las nubes de las altas montañas. Aún camino con el amargo poso del shock sin resolver, de ahí que haya escrito de puntillas sobre ello. Aunque si que entendí que hay lugares donde la muerte no es ruptura, sino una manera más honda de quedarse.