274180862 10160518798596318 3554556718334393128 nFue el primero en venir a saludar y nos escoltó hacia el bungalow. Se regaló una siesta estratégica sobre las baldosas y nos despertó con puntualidad canina para disfrutar el sunset.

Sambo lanzó su ladrido al arrecife cercano y así descubrimos al pez león, con su abanico de espinas flotando como si el tiempo le perteneciera. Le dimos la vuelta a la isla nadando y una tortuga apareció para felicitarnos. En la despedida levantó su pezuña, sin pedir nada a cambio.
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El diminuto speedboat que nos devolvió a tierra perdió el equilibrio un par de veces, víctima de los juegos infantiles de dos jóvenes con sobrepeso y entusiasmo ilimitado. Desembarcamos entre coches, motos y personas redistribuyéndose en pequeñas camionetas como un puzzle sin instrucciones. Nos quedamos solos en nuestra desorientación hasta que un joven con cara de buena persona nos ofreció su moto y rodamos por la carretera reventada de la isla. Nos asaltaron varios cangrejos ermitaños, un par de ranas, una lluvia persistente y, finalmente, la noche.
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Al amanecer alcanzamos el lago turquesa, rodeado de selva. Un lugar donde el agua se mantiene viva y consciente. Otro espacio sagrado sofocado por clicks y likes. Saludé a los árboles petrificados, los guardianes del lago, que me contaron que años atrás, eligieron permanecer inmóviles cuando el agua comenzó a brotar del interior de la tierra. No murieron, simplemente se mantuvieron despiertos. Cada tronco guarda un recuerdo permitiendo que el lago refleje, a través de su transparencia, aquello que habita en cada uno de nosotros.
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En la cueva de piedra caliza me asaltó un ser diminuto de sonrisa contagiosa. Se soltó de la roca que la sostenía y desplegó su destreza acuática frente a mi. Aquí el agua nace para ser liberada, dijo al terminar la exhibición. Luego tomó un flotador negro y saltó de nuevo al agua, bajo la orgullosa mirada de su madre y hermana, que lavaban la ropa en un rincón de la poza. La seguí hasta el centro, donde el agua era del color del equilibrio: luminosa y viva, como el brillo de sus ojos. Los ancestros dicen que el agua se aclara cuando la dejas en paz, añadió, salpicándome un chorrito en la cara.