Después de la barquita surcando un mar entre manglares, un trayecto de trece horas en coche sin aire acondicionado, un breve descanso en una habitación de hotel, una travesía de doce horas en la cabina del capitán del ferry y un último barco de hora y media al amanecer, alcanzamos nuestro destino a tiempo para desayunar.
Allí, donde la selva y el océano conviven respetuosamente bajo la atenta mirada de los últimos nómadas del mar- el pueblo bajau- y donde llegar ya es un viaje en sí mismo.
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Una medusa de casi metro y medio danzó a mi alrededor y aprendí a moverme con ella siguiendo el pulso eléctrico del agua. Me encontré con las estrellas de mar abombadas y los peces pijamas, suspendidos casi inmóviles, como si vivieran en un tiempo pausado. Los peces pipa, primos discretos de los caballitos de mar, se deslizaban con calma, confiando en no ser vistos. Y, rezagado en una esquina, se reveló el pez escorpión, habitando el milagro de ser invisible a plena vista.
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A la mañana siguiente la jardinera del arrecife me condujo a su rincón preferido. Allí donde se entrelazan los corales y construyen santuarios de peregrinación para peces, algas, corrientes y sueños. Vi corales plegarse como cerebros antiguos; otros alzarse como árboles submarinos hacia un cielo inventado; los que se abren como flores lentas; las espirales que marcan el origen; las mesas que sostienen los rayos de sol; los laberintos donde la luz aprende a perderse.
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Seguí a la tortuga hasta el borde abisal del océano donde los azules nacen del silencio profundo. Al quedarne quieta escuché al arrecife de coral susurrar un avanti capaz de resquebrajar miedos e inseguridades. En un acto de confianza absoluta me adentré en la hondura del abismo. Adelante -decía-, siempre te sostendremos, igual que sostenemos la memoria viva de los océanos. Y entonces, el hilo rojo anudado en la muñeca se deshizo, quedando su sostén tatuado, como un surco antiguo, en mi piel.
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Una medusa de casi metro y medio danzó a mi alrededor y aprendí a moverme con ella siguiendo el pulso eléctrico del agua. Me encontré con las estrellas de mar abombadas y los peces pijamas, suspendidos casi inmóviles, como si vivieran en un tiempo pausado. Los peces pipa, primos discretos de los caballitos de mar, se deslizaban con calma, confiando en no ser vistos. Y, rezagado en una esquina, se reveló el pez escorpión, habitando el milagro de ser invisible a plena vista.
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A la mañana siguiente la jardinera del arrecife me condujo a su rincón preferido. Allí donde se entrelazan los corales y construyen santuarios de peregrinación para peces, algas, corrientes y sueños. Vi corales plegarse como cerebros antiguos; otros alzarse como árboles submarinos hacia un cielo inventado; los que se abren como flores lentas; las espirales que marcan el origen; las mesas que sostienen los rayos de sol; los laberintos donde la luz aprende a perderse.
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Seguí a la tortuga hasta el borde abisal del océano donde los azules nacen del silencio profundo. Al quedarne quieta escuché al arrecife de coral susurrar un avanti capaz de resquebrajar miedos e inseguridades. En un acto de confianza absoluta me adentré en la hondura del abismo. Adelante -decía-, siempre te sostendremos, igual que sostenemos la memoria viva de los océanos. Y entonces, el hilo rojo anudado en la muñeca se deshizo, quedando su sostén tatuado, como un surco antiguo, en mi piel.