Aunque el avión aterrizó un martes rozando la medianoche, no me sentí en Tailandia hasta el domingo a mediodía.
No recuerdo cuándo ni de quién, escuché por primera vez hablar de él; aunque sí recuerdo cómo esa idea se quedó grabada como una semilla esperando a brotar.
El tren bala nos colocó en la Kyoto Station y el bus en un barrio tranquilo de casas tradicionales.
Un cuarto de hora para encontrar la salida en la estación de Shinjuku, allí donde otra ciudad respira ajena a los ritmos circadianos.
Antes de iniciar el viaje fui a morir a casa raíz ya que no existe menor manera de cerrar un ciclo.
Al abrir la puerta del monasterio encontré a un peregrino asiático sentado en tercera fila y decidí acompañarle.
La peregrina india llegó al camino por segunda vez en este año. Siempre hay un hueco para el postre, dijo al recibir la mousse de chocolate.
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