Empaqué una bolsa con cuatro bragas, un pantalón de trekking, el forro polar, el bikini, dos libretas y un libro. Huyendo de la ausencia de calor de unos muros de piedra que jamás fueron calentados en invierno alcancé la arena de la playa grande.
Al mirar sobre mi hombro derecho senti la presencia de mi padre, y al lado izquierdo, la de mi madre.
Los rayos del sol aún calentaban la tierra que me apuntala cuando una de las magas encendió mi fuego sagrado.
Inhalo por la nariz. Exhalo por la boca. Inhalo intenso. Exhalo largo. Inhalo. Exhalo. In crescendo con la música.
En el altar de The stone Boat encontré una baraja de cartas que conforman un oráculo al que poder recurrir en tiempos de necesidad.
Hace unas semanas que encendimos la chimenea en Ca La Feliza. Los muros de piedra de la casa retienen aún el frescor veraniego y al caer el sol lo repelemos prendiendo la madera de olivo en el living roof.
Me sacaron del letargo unos golpecitos metálicos contra el suelo que escuchaba en la lejanía. Entreabrí ligeramente un ojo y comprobé que aún era de noche.
Como le gusta alterar los planes ajenos a modo de travesura, no le compartimos la ruta. Los primeros días le hicimos creer que la vecina Francia sería el destino y al no ser de su agrado la primera noche de lluvia tuvimos goteras.
© 2026 The Jumping Forest