El clima se volvió frío en el estado de Meghalaya y la incomodidad que me abrazaba desde hacía días se incrementó. La práctica se ralentizó, el carácter se agrió y se solidificaron varios prejuicios.
Rápido y veloz el conductor del rickshaw cruzó la ciudad de Jorhat hasta llegar al embarcadero cinco minutos antes que el ferry cruzara el sagrado río Brahmaputra.
Kolkata se colocó en la ruta de viaje con determinación y nos pilló por sorpresa. Un policía buscando un extra money nos llevó al hotel siguiendo las indicaciones del maps.
En Varanasi, el rio Ganges ofrece su lecho a la diosa ganga brindando un gran espectáculo de la devoción hindú. Todos quieren surcar sus aguas, los vivos purificando sus cuerpos y los muertos tomando un atajo a su paraíso.
En el hotel de Khajuraho un joven indio que hablaba español nos consiguió dos asientos en un jeep para ir de safari al día siguiente, también nos quiso vender una visita guiada a los templos, un masaje ayurvédico, un libro del kamasutra y la visita a la tienda de un amigo, solo para mirar, dijo a modo de despedida.
Dos vacas, la hippy y la punk, nos dan la bienvenida a la pequeña ciudad sagrada de Orchha. Hace miles de años en el palacio vivía una reina devota de Lord Rama que quiso construirle un templo para adorarlo.
En el tren camino a Gwalior una joven india, sentada en la litera de arriba, garabateaba las páginas en blanco de un cuardeno. Llevaba incrustado hasta las orejas un gorro de lana gris con una enorme borla y unos calcetines a juego.
A la salida de la estación de tren de Agra nos recibieron decenas de señores indios ofreciendo su Ricksaw a precios desorbitados.
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