No recuerdo cuándo ni de quién, escuché por primera vez hablar de él; aunque sí recuerdo cómo esa idea se quedó grabada como una semilla esperando a brotar.
Otra nube mas que algún día habría que bajar a tierra. La logística del alojamiento se volvió esquiva y hubo marejada fuerte semanas antes de confirmar la última solicitud enviada. Tras recibir el ok por parte de la anfitriona le saqué una foto a la credencial del Camino de Santiago de hace diez años y también a la Compostela, por si acaso.
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En el centro de información de Tanabe recogimos la credencial dual e iniciamos el camino hacia la tierra de los dioses. Un camino sagrado de más de mil años que atraviesa montañas vivas donde habitan espíritus y la naturaleza es la protagonista absoluta. Un sendero donde todo tiene alma. Nos recibió en silencio y guiados por las estacas de madera visitamos los tres templos que simbolizan la vida, la muerte y el renacimiento.
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Caminamos despacio, envueltos por cedros gigantes que rozan el milenio y se alzan rectos como columnas. Recibimos su silencio húmedo y profundo, el aroma a tierra, a musgo y a madera antigua. Abracé a uno de ellos y sentí descender su energía hacia mi cuerpo. Inhalo, estoy aquí, exhalo, me reconozco. Junté las manos y agradecí el momento presente. Regresamos suavemente a la tierra con el corazón más ligero y la mente en quietud.
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Al finalizar el camino sagrado recibí la certificación oficial de Peregrina Dual, reconocimiento de las huellas dejadas tanto en el Camino de Santiago como en el Kumano Kodo. Un monje me entregó la vieira con las tres piernas del cuervo, símbolo de la unión de los dos caminos, el camino de la purificación, en Oriente y el camino de la transformación, en Occidente. Señaló el corazón y dijo, ahora habitan dos soles en tu interior. Depositó el bachi en mis manos y susurró, ‘dale con fuerza al taiko’. La vibración atravesó todo el cuerpo y durante un leve instante escuché mi primer latido.
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En el centro de información de Tanabe recogimos la credencial dual e iniciamos el camino hacia la tierra de los dioses. Un camino sagrado de más de mil años que atraviesa montañas vivas donde habitan espíritus y la naturaleza es la protagonista absoluta. Un sendero donde todo tiene alma. Nos recibió en silencio y guiados por las estacas de madera visitamos los tres templos que simbolizan la vida, la muerte y el renacimiento.
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Caminamos despacio, envueltos por cedros gigantes que rozan el milenio y se alzan rectos como columnas. Recibimos su silencio húmedo y profundo, el aroma a tierra, a musgo y a madera antigua. Abracé a uno de ellos y sentí descender su energía hacia mi cuerpo. Inhalo, estoy aquí, exhalo, me reconozco. Junté las manos y agradecí el momento presente. Regresamos suavemente a la tierra con el corazón más ligero y la mente en quietud.
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Al finalizar el camino sagrado recibí la certificación oficial de Peregrina Dual, reconocimiento de las huellas dejadas tanto en el Camino de Santiago como en el Kumano Kodo. Un monje me entregó la vieira con las tres piernas del cuervo, símbolo de la unión de los dos caminos, el camino de la purificación, en Oriente y el camino de la transformación, en Occidente. Señaló el corazón y dijo, ahora habitan dos soles en tu interior. Depositó el bachi en mis manos y susurró, ‘dale con fuerza al taiko’. La vibración atravesó todo el cuerpo y durante un leve instante escuché mi primer latido.