Esta temporada los coreanos están siendo especialmente felices. Gracias a la kettle pueden devorar los ramen que le compran a Susana.
Una familia australiana ocupó las tres habitaciones por solidaridad con una de sus hijas, la única vegana del clan. Dos peregrinas de Luxemburgo caminaban a un ritmo completamente ajeno al resto del Camino: llegaban rozando la hora de la cena y partían cuando el sol ya llevaba un buen rato despierto. Mientras unos perseguían el amanecer, ellas parecían coleccionar mañanas tranquilas.
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Una pareja canadiense nos confesó su sueño de vivir seis meses en España, hasta que una llamada de su hija les devolvió, de golpe, al calendario y al Camino. La habitación que fue cancelada cinco minutos antes del check-in colmó de felicidad a una pareja de ingleses que apareció a última hora. La hospitalera terminaba su práctica matutina en el salón cuando una peregrina, algo desorientada, la rescató bruscamente de savasana para preguntarle por la etapa del día. La iluminación tendrá que esperar.
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Llegó una pareja australiana con once Caminos guardados en la mochila y compartió la cena con una peregrina estadounidense que, después de veinticinco días, se refugiaba en una habitación privada. También recibimos a un entusiasta peregrino de los Países Bajos que no dejó de repetir: «I’m so happy to be here». Después del postre viajaron hasta Nueva Zelanda sin moverse de la mesa. «Kia Ora», nos dijo al despedirse la siguiente mañana.
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En la noche más corta del año, un silencio mágico invadió nuestro hogar. Los hospitaleros me dejaron, por primera vez en la temporada, solo en casa. Así descansamos de reservas, desayunos y mochilas peregrinas. La hospitalera practicó junto al mar y se bañó en un agua tan fría que parecía limpiar hasta los pensamientos. El hospitalero caminó descalzo y lanzó nuevos proyectos hacia el horizonte. Yo me entregué a un sueño lento y profundo y practiqué el arte de no hacer absolutamente nada. Incluso las piedras necesitamos, de vez en cuando, recordar que el descanso también bendice.