Una visión me asaltó sin avisar en uno de los savasanas matutinos,, como cuando se abre una grieta suave en la realidad: yo era un río.
Nacía de las entrañas de la tierra y avanzaba con la inocencia de quien no duda de su forma. Reconocía cada orilla, cada piedra pulida por mi insistencia, la música de mis cauces. Mi voz era un murmullo constante, una identidad que no necesitaba explicarse. Sabía cómo avanzar, cómo sonar, cómo ser.
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Algo empezó a desplazarse cuando la corriente me empujó hacia lo abierto. El cauce se ensanchó sin aviso, el pulso se volvió irregular, y mi agua —que antes era clara— empezó a enturbiarse en algunos tramos, a volverse espesa en otros. Dejé de reconocer el ritmo de mi propia respiración. Me asustó no escuchar ya el eco familiar de mis límites, ni el susurro obediente de cada rincón que habitaba.
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Entonces me quedé en silencio, dejándome llevar por otras corrientes, por vientos que no entendía. Me quedé flotando en un espacio blando, sin márgenes, donde el tiempo se plegaba como una tela húmeda, un espacio sin nombre donde no era lo que había sido, pero tampoco sabía qué estaba siendo. Solo flotaba. Sin forma clara. Con una intuición leve: esto también es la vida desplegándose.
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Ahora desde este umbral líquido, observo como mi cuerpo aprende a ensancharse, mi mente a rendirse sin derrota y trato de descansar en la corriente que me atraviesa. Una mañana me inundó una bocanada inmensa, salada. Y lo supe, sin que nadie me lo dijera: me estaba mezclando con el océano. Y aunque desperté, una parte de mí permanece allí, flotando en Umi, ese océano íntimo que también soy.
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Algo empezó a desplazarse cuando la corriente me empujó hacia lo abierto. El cauce se ensanchó sin aviso, el pulso se volvió irregular, y mi agua —que antes era clara— empezó a enturbiarse en algunos tramos, a volverse espesa en otros. Dejé de reconocer el ritmo de mi propia respiración. Me asustó no escuchar ya el eco familiar de mis límites, ni el susurro obediente de cada rincón que habitaba.
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Entonces me quedé en silencio, dejándome llevar por otras corrientes, por vientos que no entendía. Me quedé flotando en un espacio blando, sin márgenes, donde el tiempo se plegaba como una tela húmeda, un espacio sin nombre donde no era lo que había sido, pero tampoco sabía qué estaba siendo. Solo flotaba. Sin forma clara. Con una intuición leve: esto también es la vida desplegándose.
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Ahora desde este umbral líquido, observo como mi cuerpo aprende a ensancharse, mi mente a rendirse sin derrota y trato de descansar en la corriente que me atraviesa. Una mañana me inundó una bocanada inmensa, salada. Y lo supe, sin que nadie me lo dijera: me estaba mezclando con el océano. Y aunque desperté, una parte de mí permanece allí, flotando en Umi, ese océano íntimo que también soy.