El cielo va acelerado: varios planetas han decidido celebrar una rave en Aries. Como ambos somos fuego, nos entendemos sin instrucciones.
Es como haber parado en una gasolinera invisible y salir con el depósito lleno hasta el borde. Combustible limpio. Intención encendida. Una prisa suave, de la que no agota sino que despierta. Y cuando el cuerpo lo reconoce, la casualidad se retira en silencio… como si nunca hubiera estado al mando.
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El peregrino holandés llegó el día de su cumpleaños decidido a no soplar velas. Permaneció en su habitación como quien muda de piel. Al despedirse a la mañana siguiente, anunció que era su primer día de jubilado. “Me siento más liviano… y aún no he soltado mi piedra en la Cruz de Ferro”, dijo mientras ajustaba los cordones, como si atara también su pasado. Otra peregrina, también de los Países Bajos llegó huyendo del ruido de los peregrinos parlanchines. Sonrío apenas cuando las tres americanas decidieron no cenar. Aquella noche, el silencio fue un refugio más cálido que cualquier sopa.
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Un domingo la casa se llenó de una energía femenina desbordante y la hospitalera lo sintió en los huesos. Días después, comprendimos que las mujeres no venían a ocupar espacio, sino a recordarlo. Un mismo día compartieron techo una pareja americana de devotos entusiastas y una francesa indignada ante un menú sin carne. Llegaron también dos mexicanas, con dos bicicletas y tres maletas, y una ausencia muy presente: llevaban a su padre en la mochila. Nuestro mayor fan —dijo—, ahora que ha emprendido vuelo hacia otro lugar.
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Le pregunté a la hospitalera por el jardín interior. Sonrió con ese gesto que no necesita palabras. “Esta temporada —me dijo— lo encontrarás en el centro del pecho de cada peregrino. Allí donde germinan las decisiones y se ordena lo invisible.” Entendí que el cuidado ya no sería sostener el lugar, sino acompañar un latido. Y esa noche, al bendecir sus sueños, vi cómo cada semilla encontraba su sitio en la oscuridad fértil del pecho