274180862 10160518798596318 3554556718334393128 nDurante más de cinco días los hospitaleros se atrincheraron en el interior, intentando pactar con la legión de okupas que habían tomado la cocina y el salón.

Consciente de la fragilidad del momento, les cedí espacio, y cada noche me deslizaba por la ventana para arropar sus sueños. Una mañana, la hospitalera caminó hasta el lugar donde el gran guerrero reposa y recogió de sus ramas desnudas el compromiso de servicio a los peregrinos que había colgado allí al final de la temporada pasada.
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Al amanecer la observaba desplegar la esterilla frente al monte Teleno, y la acompañaba mientras ofrecía al cuerpo un despertad suave. Sin la presión de la antigua tradición. Sin la exigencia de la mente. En los días siguientes prepararon las habitaciones, pintaron los bancos, limpiaron los cristales e inauguraron los almuerzos bajo mi estela. Grazie, la gata que vivió aquí hace años, regresó a saludar y a comprobar si seguíamos fieles a la comida vegana. Maulló un par de reproches y se retiró al cobertizo.
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Nueve días después de la llegada, la hospitalera prendió incienso y unas velas frente al altar y barajó las cartas con la izquierda. Emergió la figura de una criatura del aire, de esas que ven más allá de lo evidente: el cuervo. Recogió su mensaje -bajar al cuerpo- y confirmó su compromiso con la práctica como acto de amor propio, como raíz que la sostendría en la tierra. Después salió a la calle y colocó en su sitio la piedra que abre las puertas de mi hogar a los peregrinos.
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La primera peregrina llegó con un día de antelación a su reserva y cenó junto a una noruega que sembró entre ambas un silencio fértil. Llegaron después dos hermanas alemanas que nombraron la cena como deliciosa y creativa. La peregrina española me enseñó a comer pipas y unas brasileñas nos regalaron dos sacos de dormir. Desde un archipiélago del Mar Báltico llegó Pia, con el presentimiento de quedarse una temporada con nosotros. Y el murmullo de lenguas distintas se entrelaza con el tintinear de los platos y el aroma tibio de la cocina, hasta formar una música antigua que, de algún modo, nunca había dejado de sonar.