274180862 10160518798596318 3554556718334393128 nEn Abril los hospitaleros inspiraban ternura con la dedicación casi monástica que volcaban en cada rincón de la casa.

Los observé emocionados desplegando tesoros rescatados del maletero de sus últimos viajes: llegó la kettle a las habitaciones, la jirafa y el hipotatamo sudafricano vigilando el salón con autoridad ancestral, el caballo malayo, el daruma tuerto, el gato japonés saludando a la abundancia, y las serpientes de Shiva enroscadas junto a la energía feroz de Durga y Kali.
~
Una noche cenaron un jubilado sin rumbo y una psicóloga derrotada por sus ampollas. Él masticaba en silencio; ella intentaba analizar el universo entre cucharadas. El ciclista italiano aparcó la bici frente a la puerta y cenó solo, con esa gratitud humilde de quien lleva demasiados kilómetros encima. Los de Nueva Zelanda se despidieron con un Kia Ora y se llevaron la receta de la granola como si se tratara de un manuscrito sagrado. Una peregrina llegó a las ocho de la mañana en taxi con un tobillo dislocado y la dignidad intacta. El camino a veces rompe los planes.
~
Senti el dolor profundo de la australiana atravesando la cena como una corriente fría, así que arropé sus sueños con bendiciones extras. Al español no le gustó que condenemos el genocidio de Gaza y lo expresó por escrito para dar por sentado su falta de compasión. Dos hermanas alemanas colgaron en la puerta un hermoso regalo. Una holandesa, con alergia a los ácaros, retiró la piedra protectora que custodia los sueños de los que duermen.
~
Una mañana el hospitalero me habló de las montañas sagradas del Kumano Kodo en Japón. De los bosques húmedos donde habitan dioses antiguos y el musgo parece guardar secretos desde el principio del tiempo. Me contó que al atravesar aquellos senderos algo murió dentro de ellos y la mente quedó vacía; así pudieron escuchar cómo los árboles rezaban, cómo las piedras recordaban y cómo el agua bendecía cada paso. “Allí el camino te camina a ti”, susurró. Ahora ya no sueño solo. Tengo un hermano entre las montañas del Kumano Kodo. Y cuando los peregrinos duermen, dos caminos antiguos vigilan sus almas desde extremos opuestos del mundo.