Mientras dormía la siesta, unos aplausos me arrancaron del sueño.
Durante siete minutos escuché como un líder religioso era celebrado por defender, entre otras cosas, que nadie debe elegir cuándo abandonar su vida convertida en sufrimiento. Me quedé perplejo. No por la diferencia de opiniones, sino por la facilidad con la que a veces convertimos nuestras creencias en normas para los demás. ¿Será que estamos perdiendo el norte o simplemente olvidando que la dignidad también habita en la libertad de elegir?
~
Una peregrina se enamoró de Gracie, mi hermana gatuna y le tejió un clon de ganchillo que la hospitalera colocó junto a Ganesha. Un americano llegó con las cenizas de su amigo con el que soñaba recorrer el camino. Ahora camina en mi recuerdo, dijo al despedirse. Una japonesa de tercera generación, criada en América compartió cena con unos orgullosos abuelos vikingos y sus nietos gemelos. También llegó una familia de cuatro donde solo caminaba el padre; los demás avanzaban en taxi, arrastrando maletas y una fatiga que no venía de los kilómetros.
~
La peregrina canadiense cenó con dos españoles, amigos de la infancia. Uno de ellos pidió a la hospitalera que sirviera primero los platos a la señora. Desde los Países Bajos llegaron dos peregrinos que emocionaron a la hospitalera. Él, con ochenta y tres años, pantalones cortos y calcetines altos; ella, su hija, observándolo con el orgullo tranquilo de quien acompaña un milagro cotidiano. Al despedirse dijo: «He disfrutado mucho con vosotros porque sé que no volveré. Estoy en la prórroga de la vida y aprovecho cada instante como si fuera el último».
~
Un joven monje vestido de blanco caminaba con un rosario en la mano derecha y un séquito de adolescentes cantando Alabaré a mi Señor. La hospitalera me contó que ella la cantaba en el colegio. Cuando sus voces terminaron de fundirse con el viento, regresó el silencio. Los humanos siguen intentando explicarse con discursos. Yo, después de tantos años junto al Camino, prefiero atender a lo que hacen mientras las palabras descansan.
~
Una peregrina se enamoró de Gracie, mi hermana gatuna y le tejió un clon de ganchillo que la hospitalera colocó junto a Ganesha. Un americano llegó con las cenizas de su amigo con el que soñaba recorrer el camino. Ahora camina en mi recuerdo, dijo al despedirse. Una japonesa de tercera generación, criada en América compartió cena con unos orgullosos abuelos vikingos y sus nietos gemelos. También llegó una familia de cuatro donde solo caminaba el padre; los demás avanzaban en taxi, arrastrando maletas y una fatiga que no venía de los kilómetros.
~
La peregrina canadiense cenó con dos españoles, amigos de la infancia. Uno de ellos pidió a la hospitalera que sirviera primero los platos a la señora. Desde los Países Bajos llegaron dos peregrinos que emocionaron a la hospitalera. Él, con ochenta y tres años, pantalones cortos y calcetines altos; ella, su hija, observándolo con el orgullo tranquilo de quien acompaña un milagro cotidiano. Al despedirse dijo: «He disfrutado mucho con vosotros porque sé que no volveré. Estoy en la prórroga de la vida y aprovecho cada instante como si fuera el último».
~
Un joven monje vestido de blanco caminaba con un rosario en la mano derecha y un séquito de adolescentes cantando Alabaré a mi Señor. La hospitalera me contó que ella la cantaba en el colegio. Cuando sus voces terminaron de fundirse con el viento, regresó el silencio. Los humanos siguen intentando explicarse con discursos. Yo, después de tantos años junto al Camino, prefiero atender a lo que hacen mientras las palabras descansan.