274180862 10160518798596318 3554556718334393128 nComo una corriente de aire, los peregrinos desfilan frente a mí rumbo a la Cruz de Ferro.

Yo permanezco aquí, custodiando un jardín donde la hierbabuena despierta los sentidos, el romero ahuyenta las sombras y el orégano convierte el aire en un anticipo de la cocina del hospitalero. Las rosas y los geranios adornan el paisaje, pero son las plantas aromáticas las que cuentan los secretos de esta casa. Si tuviera nariz, viviría embriagado.
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Cuando llegó aquel peregrino a mitad de la tarde los hospitaleros estaban demasiado ocupados teniendo razón. Bastó su sonrisa para que el volcán optara por seguir durmiendo. Una pareja americana decidió saltarse la cena porque las siete y media les parecía una hora intempestiva. En lugar de dejar unas líneas en el libro del peregrino, prefirieron escribirlas diez días después en internet. Curiosa costumbre la de algunos humanos: cuando una experiencia no cabe en el corazón, intentan resumirla a golpe de teclado.
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Una taiwanesa dejó tres postales al cuidado de la hospitalera para que siguieran el Camino por correo. Una pareja de daneses, de ochenta y seis años, llegó tan cansada que hasta el silencio parecía pesarles. Jesús apareció con poco equipaje y bastaron unos minutos para que se sintiera en casa. Se detuvo fascinado frente a la estantería de especias con las que el hospitalero hace magia en los fogones y comenzó a hablarnos de Carmencita, su tía abuela y de su nieta… y del sabor que tienen los recuerdos cuando se comparten.
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El mismo día que aterrizó la reseña de una estrella de la pareja americana, apareció un paquete remitido por Jesús. Seis cajas. Doscientos veintiocho botes de especias Carmencita. Hasta yo me quedé de piedra… Ignoraba que existieran tantas maneras de darle sabor a la vida. Al mediodía, los hospitaleros decidieron aliñar aquella estrella con una generosa mezcla de hierbas y un magnífico topping para ensalada. Hay peregrinos que dejan opiniones. Otros dejan un aroma capaz de condimentar una vida.