Una mañana, en el desayuno, la hospitalera me contó la historia de Mari Carmen.
Una señora de ochenta y siete años que, tras años de lucha, había sido arrancada de las entrañas de su casa. Una casa que alquiló su padre y que, por el régimen de la época en la que se redactó el contrato, no pudo ponerse a nombre de su madre. Setenta y un años después, salió de ella sin ninguna pertenencia. Se la llevaron unos buitres que ahora sobrevuelan el Retiro a la caza de dinero joven.
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Ella caminaba descalza y preguntó si podía poner la carpa en la Cruz de Ferro. Quería hacer casa bajo el cielo de estrellas del punto más alto del Camino. Una peregrina alemana miraba embobada la piedra y habló de su belleza media docena de veces. La señora de Miami salió de casa después del check-in, a la una y media, y no regresó hasta las nueve de la noche. Al volver de hacer la compra, la hospitalera explicó que había visto varias familias caminando y, al poco, una de ellas llamó a la puerta.
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El papá cargaba veintidós kilos a la espalda desde Saint-Jean, la mamá una mochila relativamente pequeña para tres, y el bebé de diez meses, sonriendo todo el rato. En cinco segundos gateó de la cocina al salón y marcó el horario del desayuno del día siguiente. Una semana después llegaron unos amigos de esta familia, con una bebita de cuatro meses y muchos menos kilos a la espalda. Cenaron junto al resto de peregrinos: ella, en silencio, disfrutando de su leche materna, y el resto, de una cena libre de sufrimiento animal.
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Lo que más me cabreó fue pensar que Mari Carmen no era una excepción. Que mientras ella peleaba por conservar su casa, habría otras personas peleando por conservar su trabajo, su barrio, su dignidad o simplemente la vida. Llevo siglos viendo pasar peregrinos y todavía no entiendo en qué momento dejamos de sentir como propia la desgracia de quien está lejos. Quizá porque hace tiempo que dejamos de preguntarnos cuánto daño puede soportar una sociedad antes de que alguien decida que ya es suficiente. No hay nadie decente al volante. Y, sin embargo, hay quienes rehúsan seguir el rumbo marcado.