La calle se va cubriendo poco a poco de un manto fino de hojas amarillas, verdes y marrones.
Las moras que quedaron en los arbustos conviven con las primeras castañas y alguna que otra bellota verde, todavía agria, que cae al suelo antes de tiempo. El arce japonés ha virado al amarillo oscuro y los geranios se han quedado sin flores. Una única rosa resiste para dar la bienvenida a los peregrinos. Grazie, con unos cuantos kilos más de pelaje, sigue fiel a su cita y maúlla tres veces avisando de su llegada.
~
Un día nos visitó una soprano coreana que amenizó la cena con su voz. Unos alemanes dejaron cuatro kilos de arroz y se quitaron los cordones de las botas como medida de seguridad. Recibimos por primera vez a dos amigas de Puerto Rico, a una psicóloga finlandesa, a una joven israelí que adelantó su viaje para ir a votar en su país, a una peregrina de Tasmania que anhelaba dormir sola y a una madre e hija iraníes que degustaron el postre en la habitación. Justo un año después, volvieron Paz y Mel, con su espiral del mar y conversaron sobre el tiempo entre caminos.
~
La peregrina de Mumbai le rezó a Ganesha y dejó su teléfono para un reencuentro indio. Un joven apareció a las nueve de la noche buscando un cajero y un lugar donde dormir. Una familia de cuatro se llevó la llave y mantuvo a la hospitalera en vilo hasta que terminó su práctica. Una peregrina china afincada en Málaga nos regaló dos marcapáginas con un poema chino que ahora viajaría con nosotros. Los dos hermanos suecos sumaban doce meses caminando entre ambos.
~
Con la luna del cazador llega el momento de cerrar las ventanas y echar la llave. La temporada termina. Recoger, guardar, preparar, saborear, descansar, agradecer, ralentizar, celebrar. En estos días la casa huele diferente, se hace más grande, más nuestra. Observo a la hospitalera: la frente se le alisa, los hombros descienden, la respiración se alarga. Poco a poco, algo se afloja por dentro. Fuera, las hojas siguen cayendo. Dentro, al fin, hay tiempo para estar, sin más