Ando algo despistado con esto de compartir los retazos de la vida en el Camino. También me desconcierta la fugacidad del tiempo.
Hace nada, los hospitaleros colocaron la piedra de open para dar la bienvenida a la primavera. Ahora, las calabazas anuncian el otoño y yo sigo aquí, tratando de entender en qué momento ha pasado todo. Afuera, el mundo corre cada vez más deprisa; dentro de mí, algo parece haberse detenido. El mundo, cada vez más liebre; yo, cada vez más tortuga.
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Una australiana de alma pura se quedó dos días, compartiendo desayunos y cenas. Después de meses sin meditar, recuperó el asiento durante cuarenta y cinco minutos y, al despedirse, nos abrazó fuerte a todos. Los estadounidenses se llevaron las llaves y el hospitalero tuvo que ir a buscarlas hasta Manjarín. La peregrina coreana decidió prescindir del inglés y, traductor en mano, aprendía las frases que necesitaba en español. Mientras unos peregrinos me dibujaban con acuarelas en su cuaderno, otra pareja despachaba diez latas de cerveza antes de la cena.
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Una pareja de brasileños celebró la noche con vino tinto y dejaron su huella en la manta, el suelo y el taburete de la habitación. Yo todavía andaba entre sueños cuando, a las seis y media de la mañana, un peregrino llamó a la puerta para estampar su sello en la credencial. Cuando se marchó, la hospitalera encontró un guante. Más tarde, mientras jugaba con Grazie, vimos pasar a una peregrina a toda prisa, caminando en sentido contrario. -He perdido un guante y no sé dónde.
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La hospitalera me habló de Navaratri, una celebración hindú de nueve noches en honor a Shakti, la energía divina femenina y su poder transformador. Pensé en la luna, que se esconde de nuestra mirada y que durante unos días permanecerá invisible, como si necesitara recogerse en silencio antes de volver a mostrarse. Me comprometí a celebrarlo con ella. Aunque, siendo una piedra, todavía no tengo muy claro cómo se hace eso de desprenderse de una parte de uno mismo sin dejar de ser quien es.