274180862 10160518798596318 3554556718334393128 nUna mañana un alemán aparcó la bici bajo mi sombra y mientras hacía el checkin le confesó a la hospitalera que no le gustaban los peregrinos. Volvía a casa tras dar una vuelta por el país.

Una peregrina francesa con pasaporte americano llegó en una bici que compró en Burgos cuando entendió que caminando no llegaría a tiempo a Santiago. Ahora arrastra la carga de su decisión a diario. Su mochila viaja en furgo y ella a ratos camina, y a otros, pedalea.
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La hospitalera abrazó fuerte al peregrino neozelandés que reconoció el Kia Ora. Más tarde se sinceró sintiéndose extraño en la tierra de los Maorí. A través de un mensaje llegó Yolanda, desde Carolina del Norte, con una enorme y contagiosa sonrisa, dos trenzas rubias, una piedra con el nombre de uno de sus diez hijos, y una marabrillosa actitud ante la vida. Se relajó en el jardín interior y los hospitaleros desayunaron con ella. Dejó su dirección en el libro de visitas para que los sueños de ambos se hagan realidad.
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Durante dos días se colaron tres amigas que buscaban una casa de retiro. Desecharon la comida vegana e impregnaron el lugar de un ruido inusual. La americana reservó dos habitaciones para dos personas y se presentó con una familia de cinco. Se repartieron las camas y ella se echó la siesta mientras el resto almorzaba en el restaurante. Cuánto necesitaba este descanso! Gracias por hacerme sentir como en casa!’, escuché decirle a la hospitalera.
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Volver a casa es volver a habitar el cuerpo. Sentir la presencia que fluye en cada instante. Escuchar los latidos del corazón, el sonido de la respiración, observar como el pecho sube con cada inhalación y como baja con la exhalación, dejar que los pensamientos sigan su ritmo, evitando quedar atrapado en su discurso, y regresar una y otra vez a la respiración. Peregrino, estás aquí. Peregrina, ya llegaste. Respira el ahora, el único momento que existe. No hay nada más por hacer. Estás en casa.