El aliento del dragón nos embistió de frente mientras arrastrábamos las mochilas por un camino polvoriento hacia la oficina de inmigración india de la frontera. El taxista dio once vueltas a la caza de pasajeros y resignado y a falta de uno emprendió el trayecto.
El ser infieles a la cocina de la homestay nos regaló el encuentro con el relevo de este around the world. Ante la perplejidad del resto de trekkers nos abrazamos con efusividad y compartimos unas French fries.
Dos mochilas ligeras, ocho días, dos pares de sticks, una libreta, medio kilo de frutos secos, dos cantimploras, doce barritas de granola, una guirnalda de oración budista, una caja de pastillas potabilizadoras y cuatro mil doscientos metros de altitud.
Nos conocimos en Inverness hace unos seis o siete años en el roadtrip con la rocky por las altas tierras de Escocia. El amor a primera vista no fue recíproco aunque con el paso de los años y las aventuras compartidas nos encariñamos.
El ordenador no quiso arrancar después de cruzar la frontera, así que tras dejar las mochilas y el sueño atrasado en el hotel nos embarcamos en la desafiante misión de encontrar un servicio técnico que lo reparara.
Cinco minutos antes de salir de Gangtok el conductor del jeep nos informó que la carretera principal estaba cortada y que el desvío doblaba el precio del ticket y triplicaba las horas de viaje.
El jeep se detuvo en la frontera donde nos pusieron el sello de entrada a Sikkim. Los azules, rojos, verdes, blancos y amarillos de las miles de banderas de oración que habitan este estado pintan de color el cielo gris.
Dos small taxis para tres, una homestay con dos camitas, un tren de siete horas con dos de retraso, tres sándwiches de soja y una focaccia, una habitación en el hotel del terror, un jeep compartido con once personas y un destino a dos mil ciento cincuenta metros de altitud.
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