Hace cuatro años llegamos a Goa un veintinueve de diciembre para celebrar el veinte veinte.
Una barca pilotada por un capitán de diecisiete años y un grumete de cinco nos llevó al encuentro con las mantas rayas oceánicas.
Treinta y seis horas, tres aviones, un grab, un ferry de dos horas, un par de motos y una barca de una hora con nube negra incluida.
Una tormenta tropical se instaló sobre la isla de Savaii y la última noche dormimos bajo un manto de truenos y relámpagos que se filtraban en el fale alumbrando nuestros sueños.
La serie documental ‘Pacífico’ nos acercó la Polinesia y tras buscar en el mapa Samoa la encontramos en mitad del océano Pacífico.
Caminé por un rainforest en el baño del aeropuerto hasta que escuché nuestros nombres por megafonía. De nuevo, fuimos los últimos pasajeros en embarcar.
Caminé entre cientos de gaviotas bulliciosas y conejos insaciables antes de llegar al borde del acantilado. Como distinguirlo entre tanto pájaro volando?
A menos de un mes de alcanzar la línea ecuatorial de esta vida me encuentro con una señal que informa de los cinco mil ciento ochenta y dos kilometros que me separan del ecuador.
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